miércoles, 19 de agosto de 2009

UN VIDRIO


Hay distintos modos de transitar la ciudad. Desde el auto todo transcurre sin grandes contratiempos una vez que uno aprendió a resignarse al tráfico del centro porteño. Y es bien sabido que una resolución eficaz para la resignación es el aislamiento. Con las ventanas bien cerradas por el frío, la radio prendida y el automatismo de frenar y arrancar esquivando motos y colectivos, los edificios y los semáforos se suceden. Somos lo que parecemos, pequeños destinos volviendo a nuestros hogares, ensimismados, abismados en nosotros mismos. Los otros autos, la gente agolpada en los colectivos o aún más contracturada por debajo, en el subte, todos somos lo que parecemos. Una marea humana de aislamiento en la muchedumbre, un terror de mirarnos a los ojos, porque ¿qué hemos de hacer si nos encontramos?


En la esquina de Avenida Córdoba y Larrea, en ese lugar donde el transitar se hace espeso, justo en ese lugar, Luis limpia los vidrios de los autos atrapados por el semáforo. Más que preguntar, la realidad irrumpe. Y eso es Luis, aunque él lo desconozca, porque su condición de sujeto le es negada sistemáticamente. Es una realidad humana que irrumpe de tal modo que uno no pueda decir que no. Voy a explicarme mejor. La mayoría de los automovilistas dicen “no”, pero el aviso ya está dado. La mecánica de la ciudad es de autos por las calles y transeúntes por las veredas. Tránsito, trenes, transeúntes y Luis. ¿Qué es lo que él está haciendo allí?


Si le preguntáramos, él diría “me estoy ganando una moneda”. Si le damos una moneda, como si fuera una limosna, él nos dice “dejame que me la gane” y nos limpia el parabrisas aunque esté impecable. Trabajo es la palabra que me parece más adecuada, pero ¿quién se atrevería a decirlo? Porque si eso es trabajo ¿qué nos diferencia a los que vamos dentro del auto, los que trabajamos de verdad? En esos lugares preparados para trabajar, está claro cuál es el adentro y cuál el afuera. Y lo mismo pasa cuando vamos en nuestros autos. Nosotros, los que no estamos obligados a establecer nuestro trabajo en un lugar donde se transita, los que podemos decir “yo trabajo” sin generar polémicas. Nosotros, los que tenemos curriculum vitae, tarjetas personales, escritorio, los que tenemos la billetera llena de credenciales con nuestro nombre. Los que pertenecemos al gimnasio, al banco, al videoclub, al supermercado, a la medicina privada. Nosotros, los que estamos habilitados, los que estamos de este lado del vidrio.


Y del otro lado, Luis, con su nombre de rey francés, con su pequeña violencia que trastoca el orden de autos y transeúntes. Obligado a abrir un espacio antes inexistente, no pensado para el trabajo, no pensado para las personas, sino para los automóviles y los autómatas que los conducen. Luis en ese no-lugar, irrumpiendo en ese brevísimo momento en que el semáforo nos detiene y no hay tiempo para la pregunta. Decimos que sí o que no, gesticulamos, bajamos la radio, bajamos la ventanilla, quizás le preguntamos a Luis su nombre. Quizás nos responda “Luis” y nos desee buen fin de semana.


Gracias Luis.

6 comentarios:

  1. Y... sí, coincido, una gran ciudad es como una comunión de grandes soledades. Nos empeñamos en esconder nuestra individualidad y mostrarnos lo menos posible, atrás de vidrios polarizados tratamos de que nadie nos vea. Y de repente aparece alguien que nos hace aparecer entre el miedo y la verguenza. Somos todos prisioneros de la gran ciudad.

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  2. Somos individuos con miedo a encontrarnos con los demas y ver la verdadera realidad en todo momento: en nuestras propias casas, en el ya nombrado auto y hasta en la mayoria de los trabajos vamos de cierta manera sonambulos por la vida.
    Luis es nada mas un especie de letrero para aqeullos que lo puedan leer que dice: "estoy aca, soy la realidad." (Su problema se solucionaria con un mejor gobierno, tal ves, o con una mejor sociedad). El mayor tema que habria que tratar es el que cada uno tiene co su individualismo.

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  3. Cuando voy al centro (muy pocas veces), me impresiona ver cómo cada persona que transita ya sea caminando o en un auto o colectivo, representa un mundo propio. Cómo cada uno esta metido en sus pensamientos y tiene una vida paralela a la de uno, la cual desconocemos.
    Por eso no me sorprende esta entrada, Luis representa su propio mundo, al igual que todos los otros limpiadores de vidrios que hay en la ciudad, y por más que sepamos su nombre, y podamos ver con nuestros propios ojos de qué trabaja, nosotros no sabemos nada de su familia, ni de dónde vive, ni nada.

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  4. Es más fácil escondernos adentro de un auto, hacernos los desapercibidos, caminar mirando y sin observar, en fin, hacernos los tontos. Es una cualidad típica de las grandes ciudades, cada uno en su propio mundo y todo lo demás, vaya y pase.

    Uno no enfrenta la realidad, simplemente porque no la puede o no la quiere aceptar. Al terminar el trabajo, uno lo único que quiere es llegar a su casa, sin que nada ni nadie se cruce en su camino, y en situaciones como éstas donde Luis se presenta porque el sigue trabajando, uno sigue estando en la suya, hace oídos sordos y simplemente cierra las ventanillas para que nadie le pida una moneda o por el simple prejuicio que alguien que en realidad está trabajando como cualquiera, se atreva a robar. Además de eso, como mencioné antes uno ni siquiera quiere enterarse en qué condiciones vive Luis y tantos otros trabajadores, o si tiene algún tipo de posibilidades, “porque su condición de sujeto le es negada sistemáticamente”.

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  5. Hoy en día cada uno s encuentra inmerso en su propio mundo, en su propia realidad. Como decía Diego el otro día, las personas como Luis nos ayudan a saber y a a cordarnos de que su realidad existe, y queramos o no, forma parte de la nuestra, de la vida cotidiana.
    Yo particularmente, creo que el hecho de que uno este encerrado en su mundo, relajado en el auto, y que de la nada aparezca un desconocido para limpiar el vidrio, produce una cierta sensación de miedo. De preguntarse qué quiere, qué me hará, de dónde salió, etc. esto junto con la inseguridad que existe hoy en día, produce, por lo menos en mí algo de miedo.

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  6. Me gustó la descripción de Luís como una abofeteada de la realidad. Creo que es tal cual, es una manera de despertar, de hacer salir a la sociedad de esas burbujas individuales que protegen un mundo calido e ingenuo.

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